Por / Dora de la Cruz
¿Qué está pasando con la seguridad de las mujeres? La pregunta ,se repite con una frecuencia en cada caso de violencia y cada feminicidio que sacude al país. Hoy, incluso buscar trabajo puede convertirse en un riesgo de vida.
María Adela, arquitecta originaria de Chetumal, tenía un objetivo :salir adelante. Como miles de mujeres en México, buscaba una oportunidad laboral que le permitiera crecer. Fue a través de una amiga que supo de una vacante en la Ciudad de México. Aplicó, fue llamada a entrevista y, en enero, emprendió el viaje hacia lo que creía sería el inicio de una nueva vida.
Durante los primeros días, el contacto con su madre era constante. Llamadas, mensajes, pequeñas señales de tranquilidad a la distancia. Pero algo comenzó a cambiar. Ya instalada en la capital, donde se quedó a vivir con una conocida, María empezó a expresar incomodidad. No estaba contenta.
El 8 de abril llegó el último mensaje.
Después, silencio.
La madre lo sintió antes de confirmarlo: algo estaba mal. Desde Chetumal, sin respuestas y con la angustia creciendo, decidió viajar a la Ciudad de México. Lo que encontró no fue claridad, sino un evasivas.
Preguntó a quienes convivían con su hija. Nadie sabía nada. Nadie había visto nada. La desaparición de María parecía diluirse. Hasta que, a través de redes sociales, logró contactar a una amiga de su hija. La respuesta fue desconcertante: María estaba en un hospital psiquiátrico.
¿Cómo? ¿Por qué?
Las preguntas comenzaron a multiplicarse sin encontrar respuestas.
De vuelta en la vivienda donde María se hospedaba, la madre enfrentó una versión que lejos de tranquilizarla, encendió más alarmas: su hija “estaba mal”, “veía cosas”, “actuaba raro”, y por “seguridad”, había sido internada. Sin aviso, sin consentimiento familiar.
En el hospital, la situación se volvió aún más inquietante. No solo no había sido notificada la familia directa, sino que le informaron que no podía ver a su hija. Un documento, presuntamente firmado por María y su compañera, impedía cualquier visita.
Cinco días después, tras insistir sin descanso, logró verla.
El encuentro fue breve, pero devastador.
“Mamita… me pasaron cosas… todo está mal… no quiero estar aquí”.
María se alejó corriendo.
Para su madre, esa escena fue suficiente para confirmar que algo no estaba bien. Intentó acceder al historial clínico, entender qué había ocurrido, bajo qué condiciones su hija había sido internada, por qué todo se manejaba con tal hermetismo.
“Por su bien… mejor ni le mueva”, le dijo uno de los directivos.
Hoy, la madre de María permanece afuera de la clínica. Lleva casi un mes esperando. Llega temprano, se va tarde. Sin su hija, sin respuestas, sin el respaldo de las autoridades.
“Estoy en una ciudad que no es mía… me han secuestrado a mi hija en esta clínica… no tengo su historial, no sé qué le hicieron… me dicen que por ser mayor de edad yo no cuento, que no tienen que enseñármela ni entregármela”.
¿Qué le hicieron a María?
Mientras tanto, la Fiscalía de la Ciudad de México guarda silencio… Y lo que parece decir es impunidad.
Porque en México, para muchas, el peligro no solo está en las calles. También puede comenzar con algo tan cotidiano como buscar trabajo… y terminar en una historia que nadie quiere explicar.
